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Conoce y Defiende tu Fe


¿JESÚS DESPRECIÓ A MARÍA AL LLAMARLA "MUJER"?
Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Juan 19,26-27)
Algunos que se dicen "cristianos", afirman que Jesús despreció a María al llamarla "mujer".

Jesús no vino para destruir la Ley, sino para cumplirla (Mateo 5,17 y Lucas 16,17). El cuarto mandamiento dice: Honrarás a tu padre y a tu madre. Entonces Jesús que cumplió la Ley perfectamente honró a su madre también perfectamente. Entonces, ¿por qué la llamó de esta manera?

En el evangelio de Juan, solamente en otra ocasión aparece la madre de Jesús. Es en la boda de Caná (2,1-11), y allí también Jesús la llama con el título solemne de “mujer”:

«¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» (Juan 2,4)
El sentido de la última frase era, en aquellas circunstancias, una invitación y una cita para cuando llegara “la hora” de Jesús. Y en la pasión y en la cruz, esa “hora” llegó.

En la boda de Caná, su madre intervino para que Jesús manifestara su gloria con su primer signo: la conversión del agua en vino, el último día de la semana de su epifanía mesiánica. Ahora, en el último día de la vida terrestre de Jesús, al pie de la cruz y en el momento de la exaltación mesiánica del Hijo del hombre, ¿cuál será la intervención de su madre? ¿Qué papel va a jugar? ¿Qué función va a desempeñar?

A primera vista, es la madre quien es encomendada a los cuidados filiales de su discípulo amado, pero la realidad es totalmente otra: es el discípulo preferido quien es encomendado a los cuidados maternales de la mujer. Por eso dice Jesús: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”, y luego, como subrayando la misión que acaba de recibir la mujer, a manera de recomendación, dice al discípulo: “¡He ahí a tu madre!”.

Por consiguiente, Jesús invita, por una parte, a la mujer a que intervenga con un oficio maternal más amplio que sólo ser su madre; es decir, que sea también “la madre” del discípulo fiel y creyente, que juega en esos momentos el papel de prototipo y representante de los futuros discípulos. Y, por otra parte, ordena al discípulo que en esa mujer reconozca y reciba a su “madre”. Y esto es lo que el evangelista afirma que ha hecho: “Y desde aquella hora, la recibió el discípulo como suya”.

En otras palabras, María al pie de la cruz es declarada madre espiritual de la Iglesia que está naciendo. Desde el día de la encarnación, María, al ser madre de Jesús-Cabeza, quedó convertida en madre de su Cuerpo total, pero en el Calvario, cuando Jesús engendra definitivamente a su Iglesia, María recibe oficialmente su misión maternal respecto de ella.

María, la nueva Eva
En este pasaje se puede percibir un eco del capítulo 3 del Génesis. Para Juan, durante la semana de la glorificación por la cruz, se jugó un drama decisivo, en el que tomaron parte personajes tipos, presentados mediante títulos de significado simbólico: “el Hijo del hombre” (12,23.34; 13,31), “la mujer” (19,26), “el discípulo a quien Jesús amaba” (13,23; 19,26), “el príncipe de este mundo” (12,31; 14,30; 16,11).

Este es la contrapartida del drama de los orígenes de la humanidad. Se libra un combate en el que el príncipe de este mundo (la antigua serpiente) será arrojado fuera o echado abajo (12,31), y el Hijo del hombre, el Hombre nuevo, el nuevo Adán, saldrá victorioso y atraerá a todos hacia sí (12,31; 16,33). A esta obra grandiosa está asociada una mujer, que tiene misión de madre, una nueva Eva, principio de vida. Y, finalmente, surgirá una nueva descendencia fiel, representada por el discípulo amado de Jesús.

Sintetizando: para el evangelista Juan, en el momento en el que Jesús está elevado de la tierra, atrayendo a todos hacia sí, un mundo nuevo está comenzando, una humanidad nueva está naciendo. Allí está él, el hombre nuevo; allí está ella, la nueva mujer. Ella recibe de labios del Hijo del hombre su nueva misión: será la madre del discípulo de Jesús, esto es, de todo aquel a quien, siendo objeto de su amor salvífico, le comunique vida eterna.

En otras palabras, la Virgen María, madre de Jesús, es a la vez madre espiritual de la Iglesia, comunidad de todos los creyentes.

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